6 cosas que podría hacer el Papa estos 6 días

Hay tantas cosas que se están escribiendo sobre la JMJ y la visita de Benedicto XVI a Madrid que se me ocurren 6 actos en la agenda que podrían haber estado en una hipotética visita de Jesús a Madrid durante estos días. Habiendo leído tantas veces las cosas que Jesús hizo hace 2.000 años en una sociedad compleja también como era aquella, creo que estaría interesado en hacerse oir en la nuestra.

Estos son, a mi parecer, los 6 temas más importantes y urgentes para muchas de las personas que siguen, de alguna manera, el mensaje de Cristo y a los que podría dedicar un día a cada uno de ellos:

1. Visita a presos de ETA, familiares de terroristas y representantes de Bildu. Una tarde sentados alrededor de una mesa en la que hubiera una conversación sincera sobre cómo conseguir cambiar el mundo utilizando el amor y la paz en lugar del odio y las armas. Un mensaje claro para ayudar a terminar para siempre con el terrorismo en España.

2. Una día en Sol, participando en las asambleas del movimiento 15M. El desempleo, la lucha por un mundo más justo al que dar un soplo de esperanza, para intentar cambiar las cosas empezando primero por uno mismo y luego dando ejemplo a los demás. Proponer a todos la puesta en marcha de grandes grupos de voluntariado por barrios para ayudar a los más afectados por la crisis actual.

3. Visita a Las Barranquillas y a la Cañada Real, mercados de la droga en Madrid. Conocer el estado en el que se encuentran las personas que viven y visitan estos lugares, para conversar sobre las vidas que llevan hoy en día y qué les ha llevado a tener que acudir frecuentemente a estos lugares. Pedir cariño y ayuda a todos para que salgan de ese inframundo.

4. Un paseo nocturno por el entorno de Montera, Ballesta y todas las calles céntricas en donde se ejerce la prostitución. Conversaría con prostitutas, proxenetas y clientes sobre los motivos que llevan hoy en día a una persona a prostituirse  y cómo, con la ayuda de todos, aquellos que quieran dejar voluntariamente esa vida tengan las oportunidades de hacerlo.

5. Una visita a la Bolsa, acompañado por los presidentes de las empresas del IBEX 35, CEOE y los sindicatos. Conocer el criterio de reparto de los beneficios de las grandes compañías, las políticas de contratación y remuneración y los derechos sociales de nuestros trabajadores. Comparar también el estado económico de nuestro país y las condiciones de nuestros trabajadores con las de países como China, India o Bangladesh.

6. Un día con cristianos, con católicos que se sienten excluidos de la Iglesia. Mujeres que quieren ser sacerdote, hombres y mujeres divorciados a los que se les retira la comunión, personas pertenecientes a ONGs que luchan contra la pandemia del VIH fomentando el uso del preservativo, colectivos de homosexuales que piden que se reconozca su sexualidad como un don de Dios.

Querido Benedicto XVI, todavía estamos a tiempo de cambiar el mundo.

Los Guantánamos de Castilla

Sobrevuelo los campos amarillos de cereal en un Alsa que me lleva a reencontrarme con la familia. Hace tiempo que no visito Asturias, cada kilometro me huele mas a mar, cosas de la imaginación y las ganas de comer marisco en Casa Lin. No sé cómo hay gente que todavía disfruta conduciendo con la de cosas que se pueden hacer en un viaje de 5 horas.

Bueno, escuchar a Vetusta Morla también lo puedes hacer al volante, asumiendo el riesgo de tener un acelerador debajo el pie cuando las emociones invaden tu cerebro. Pues eso, que estoy escuchando “Mapas”, de Vetusta Morla, leyendo la prensa, revisando facebook, viendo el paisaje y tuiteando (antes te decían, por favor tutéame, como cambian las cosas, #verdad?).

Voy mirando el paisaje, decía, entre Medina del Campo y Tordesillas, y veo desde lo alto, esos reductos de chopos que plantan algunos terratenientes para explotar su madera. Son cuadriláteros verdes aislados en el seco cereal. Nadie sabe exactamente cuándo vendrán con la motosierra a buscarlos. Te miran pasar, encerrados en la jaula transparente que es tener las raíces tan profundas. No sé, me acordé de pronto de esos chicos que ven pasar el tiempo esposados de rodillas en Guantánamo, dentro de unas verjas de polígono industrial.

Dejo en Madrid a mis hijuelos este fin de semana, o hijazos, o lo que sea. Están en buenas manos, la exposición arriba del teatro junto a Enio con la oreja puesta a ver si alguien quiere “una foto por Dios, que me las quitan de las manos”. Abajo el micromusical con Sergio y Vanessa, dando la bienvenida de 13 en 13 todas las tardes. Y yo aquí con la batería del iPad al 19% y me quedan un par de horas por los menos. Y Luis mandando a no sé quién muy importante al lugar. Un sin vivir.

Una enorme deuda

Hay veces que uno se entrega a sus aficiones pero no sabe a qué responde ese extraño impulso interior, al igual que uno desconoce por qué hace la mitad de las cosas que hace en la vida. Pero hay otras veces que uno se da de bruces con la evidencia. He dedicado mucho tiempo y bastante dinero a observar el mundo a través de los ojos de los demás. Sin saber por qué, me doy cuenta de que llevo media vida buscando una luz dentro de las tapas de miles de revistas.

Hoy he recordado, sumergido en la obra maestra que este último número del Fanzine 137, el primer día que me tropecé con el universo de Luis Venegas. Estaba escarbando entre las estanterías de Panta Rhei (esa pequeña librería escondida en otra pequeña calle de Madrid), cuando aparecieron en lo alto algunos ejemplares de sus revistas, pequeñas obras de arte que un chico regalaba al mundo desde su apartamento en la calle San Vicente Ferrer.

De mil en mil ejemplares, Luis ha construido el paraíso. Ya son muchos años dedicándome profesionalmente a contar y ver contar cosas como para no ser capaz de descubrir a un genio. Madrid, España, el mundo editorial, tienen una enorme deuda con Luis. Este último número, “Black & White Issue”, es la fruta prohibida de ese paraíso: la moda, la fotografía, la ilustración, las pasiones enfermizas, el sexo.

Espero, Luis, que ya sea aquí, allá o en el más allá pueda participar y celebrar contigo el día en que esta ciudad te abra las puertas con una exposición que enseñe al resto del mundo el universo que has creado. Un mundo que ya disfrutan mil agradecidos (y fanáticos, como yo) admiradores.

Larga vida a Fanzine 137. Larga vida a Electric Youth, a Candy y a todo aquello que te propongas publicar. Larga vida, Luis Venegas.

El cuerpo

No hay nada parecido a viajar. Estoy en un Starbucks desayunando un domingo a las 11, cosa rara ya que ayer no salí (me hago mayor), sentado junto a la ventana fría de marzo siberiano este año y dos mesas más al fondo hay un chico con un cafe en taza de porcelana (sí, de porcelana) y suena One Headlight de The Wallflowers (Jacob Dylan). Está leyendo una guía Lonely Planet de Tailandia. Lleva más de 10 minutos en la misma posición. Me imagino que habrá usado sus manos en algún momento para pasar página, pero yo no lo he notado.

Se me ha ocurrido pensar que en este momento es un cadáver feliz. Un cuerpo inerte mientras su mente realiza un cuasi-viaje astral en Tailandia. Quizá la canción de los Wallflowers de Dylan haya colaborado a provocar este fallecimiento corporal transitorio de la misma forma que a mí me ha hecho coger la Blackberry y escribir esta pequeña crónica (eso, y la insistencia de Beatriz para que escriba más).

Creo que la necesidad de escribir está directamente ligada a la infelicidad, no siempre, pero en mi caso casi siempre. No escribo ya porque cada día soy más feliz. Ni los médicos han conseguido entristecerme este último año. Este chico debe estar triste… con qué facilidad nos ha dejado a su taza de café y a mí en esta fría mañana de marzo frente al ventanal de la calle Alberto Aguilera.

Y mientras su cuerpo se va enfriando al tiempo que el café, su mente debe estar recorriendo templos, selvas y playas… Sorprende incluso más saber que es una guía Lonely Planet, libro gordo casi sin fotos, todo pura experiencia literaria. Su mente reconstruye las experiencias del reportero viajero utilizando los recursos de la lengua castellana (posiblemente tras haber sufrido las mieles de la traducción).


Dios mío, el chico acaba de resucitar y antes de irse se ha puesto el abrigo azul con la urgencia con la que cubren a los náufragos que llegan a nuestras costas. Las ilusiones sobre mundos mejores también hacen cometer locuras, de eso no hay duda. Es una pena pero, al final, el cuerpo también es importante.

(Como desconfío de mis infelices cualidades descriptivas, dejo una foto a modo de ilustración). Feliz domingo.

Cuenta atrás

10, 9, 8…
Las tardes se hacen cada día más blancas, las sombras no se alargan más, no se detienen tampoco. Eres a veces una forma extraña de pensar en uno mismo, amigo. Palabras que nunca se atreve la lengua a recorrer, sonidos que no escapan entre los dientes.
7, 6, 5…
Esos pensamientos se enredan entre la saliva, se mastican por la noche, dormido. Son cosas que acaban provocando caries, agujeros en el alma. Pequeñas manchas en el blanco de la tarde, como pájaros que picotean en un banco de mármol.
4,3,2…
Los dedos también revolotean en los bolsillos buscando un motivo para detenerse, quizá una llave que abra definitivamente la puerta. Las uñas rozan, escarban el forro de la chaqueta buscando, puede ser, una dirección hacia la que partir de una vez por todas.
1…
Uno siempre está solo. Uno no cuenta con nadie para la vida, la vida es de uno. Uno piensa que hay algo más que uno mismo, algo que soporte, que detenga, que empuje, que explique. Pero uno es uno, no hay nada más.
0…
Nada. El blanco de la noche, otro final, o comienzo.

CPK

Una sombra azulada

medita en silencio rojo y blanco,

los brazos de mi alma

con ojos de otro llanto

rodean hoy sin miedo a mis espantos.

Lost eyes

Estoy leyendo el reportaje que El Viajero le dedica a San Francisco, un conjunto de historias inconexas alrededor de Vertigo, el filme de Hitchcock. Mentiras. Puro maquillaje. Llevo tiempo intentando bajar a palabras la percepción casi extrasensorial que supuso para mí la reciente visita a la ciudad de las mil cuestas.

Y me sigue resultando difícil cogerle los cuernos a este toro, muy difícil. Es una sensación casi irreal, casi sin información sobre la que construir los detalles. He colgado las fotos, he hecho un vídeo con ellas, tengo incluso otro vídeo que es una locura. Pero ay, los detalles… esos pequeños elementos que hacen fácil, verosímil, una historia. La luz que atraviesa una botella de vino blanco en el pequeño patio interior de un restaurante en Hayes Valley. El viento que te azota la cara desde lo alto de Buena Vista Park. La mirada perdida, enajenada, de una anciana que camina por la calle sin rumbo fijo en North Beach. Las banderas gays que ondean en Castro, los cangrejos sobre una pequeña barra metálica en Fisherman’s Wharf. Los tranvías, los putos tranvías.

No encuentro los detalles, no veo la historia. La ciudad es un espejismo, una idea. El final del sueño americano, la entelequia californiana convertida en asfalto, parques y mar. El ideal de la vida sencilla, del buen clima. La meta de una sociedad decandente, la americana, que nace a la vida en Nueva York, la jungla de edificios en la que hasta los arrastrados marcan tendencia. Un país que bascula su historia de costa a costa, que piensa en las carreras meteóricas, donde Wall Street, Central Park y Chelsea se convierten en el ejemplo de la buena vida, de diablo vestido de Prada. El punto de partida para una sociedad mundial que de día solo piensa en ascender y ascender y de noche sólo disfruta descendiendo y descendiendo.

Y llega un día en que se preguntan qué coño están haciendo con su vida, que para qué tanto trabajar. Entonces, quizá, encienden la televisión o cogen un libro (ejem) y descubren una historia que lleva a California. La meta. El sol, las playas, la brisa que se cuela en el alma poeta y bohemia. Queman las corbatas y los sostenes. Venden las acciones (si es que todavía valen algo), se compran un coche de segunda mano y se recorren el interior del país por la ruta 66. Descubren que viven en un lugar maravilloso, en una tierra que jamás sabrán paladear sus habitantes (bueno, los indios sí, pero esos no cuentan casi ¿no?). Y pasan junto a Monument Valley y les dan las ganas de tirarse al vacío como Thelma y Louise. Pero siguen y siguen por una carretera sin fin. Pasan por Las Vegas, pierden lo que les queda de dinero y dignidad y llegan haciendo auto-stop a San Francisco.

Allí viven, sí, todos ellos, junto a los ricos-veloces de Silicon Valley y a los bundies (vaga-bundies, je je). Con sus pequeñas galerías de cuadros, sus bocadillos mirando a la bahía, sus vecinos de ojos rasgados, hijos de hijos de hijos de los bombardeados de Hiroshima.

San Francisco, la entelequia. La ciudad del frío, joder qué frío. La ciudad de la niebla y el viento. La ciudad más bella y llena de locos que he visto en mi vida. El cementerio de elefantes de occidente, el destino soñado. El paraíso liberal americano de taxistas que son capaces de ofrecerte una boda dentro de un taxi en una religion para ateos (lo juro).

San Francisco, difícil de explicar, más extraña de vivir, imposible de olvidar.