“Como me dijiste que sería,
así es,
casi todo el tiempo”
Una historia correcta, una vida sencilla. Los días… los días pasan, atraviesan monótonos las frías tardes de invierno. Sigo en aquel trabajo, y viajo mucho. Atiendo las peticiones estúpidas de grandes corporaciones, escribo y des-escribo, copio, pego, sonrío. Todo como dijiste. Todo igual. No me he casado todavía, tengo miedo. Aún creo ser demasiado joven, soñando con la libertad, casi todo el tiempo…
Y tú… tú seguirás estudiando, y mejorando tu francés, niña londinense en París. Tú vivirás la vida de jóvenes que yo ya una vez viví en otros lugares. Estarás quizá con tus amigas, corriendo bajo los soportales de la Place des Vosges con las mejillas acaloradas. O besando a desconocidos en cafeterías de Montmartre, quién sabe, un domingo por la mañana:
Llegarás quizá de nuevo con tu taza y tu croissant, y con uno de esos zumos embotellados que los franceses tan caros saben vender. Te desabrocharás el abrigo y te desenroscarás la bufanda, azul, verde, gris, roja, quién sabe. Sacarás tu pequeño diario y mirarás al extranjero que se sienta solo al fondo del café, y quizá le dediques una de tus luminosas sonrisas. Y entre frase y frase, algún cabello rubio de tu coleta bailará al son de tus miradas, hasta que aquel extranjero se levante y te pida fuego. Entonces te apartarás a un lado en ese banco negro de madera despintada y, mientras él se sienta, le pedirás un cigarro. Y hablaréis de la vida y lo imposible, y compartiréis un trago de zumo, el café y el cenicero. Luego caminaréis por la Place du Tertre ese lluvioso día de enero, quizá, y os detendréis en los pequeños puestos de pintores. Y tú posiblemente le regales un pequeño óleo del Sacre Coeur. Y puede que paséis el resto de la mañana entre calles y plazas, tú con tu liviano brazo en su cintura y él con su mano sobre tu hombro. Y así, cerca del mediodía, llegará un último beso con sabor a café, y le dirás entonces que tú deseas para ti la vida que él ya tiene para sí, casi todo el tiempo…
Así es, una vida sencilla, como dijiste que sería, casi todo el tiempo. Y desde el sofá en el que hoy se abrazan a mi cintura, mientras pasa esta tarde de domingo, yo observo ese pequeño óleo colgado en el salón. Y cierro los ojos… mis ojos, que sólo recuerdan tu sonrisa. Entonces me levanto y me preparo un café.
0 responses so far ↓
There are no comments yet...Kick things off by filling out the form below.
Leave a Comment