Cerré la portezuela y me puse de rodillas. El crujido de la madera penetró en mis piernas, llegándome hasta el cerebro. Lo solté todo, con pelos y señales. Al otro lado de la celosía escuchaba una respiración profunda, como un metrónomo que me ayudaba a vaciarme. Al final quedamos a ambos lados en silencio.Esperaba la llegada de la sentencia absolutoria, sin embargo escuché una voz ronca, anciana, que dijo: “Podrás rezar lo que quieras el resto de tu vida, pero aun así te pudrirás en el infierno”.Salí corriendo del confesionario para pedir una justificación cara a cara, pero allí dentro tan solo había oscuridad.
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