
……….……….Una profunda bocanada de aire cálido,
……….……….no como el grito invertido del ahogado
……….……….sino como el trago definitivo del mejor borgoña.
La ciudad del amor acoge en su mismo corazón la casa del diablo. Sus venas de fuego corren sobre su piel, sobre sus huesos. Hundido en lo más sagrado de París, con su boca ortodóntica te traga, te digiere para ser siempre parte del perfume contemporáneo, la esencia de la descomposición. Si de este mundo sobra lo superfluo, sobras tú. Yo contenido, sujeto, frente al continente, transparente.
Solo llego a París y mis pasos me llevan por el camino que nadie recorre. Los edificios se apartan de mi deambular perdido, las sombras me guían. Este adoquinado es chanson, tres mujeres se despiden y se dispersan como tres
palomas se diluyen en un cielo de Sisley, tras un disparo.
Solo cruzo la sombra gótica del ábside de St. Merri y me asomo a la Fontaine Stravinsky, preludio de lo que acontece, Jardín de El Bosco. Serpientes de color escupen agua maldita, una laguna Estigia sin Cancerbero. Todo esto es una blasfemia, un grito en mitad de la perfección.
Vengo a Paris con 30 años perdidos, de lo vivido nada me queda. Las alegrías fueron tantas como las penas, el balance equilibrado, malgastado. Las vidas compensadas son vidas mediocres. Mejor ser santo o diablo. Mejor diablo. En esta plaza hundida, el Centro Pompidou me observa insignificante. No hay mente humana que haya podido concebir semejante locura, porque esta obra no es del hombre.
Uno compra un ticket como si llamara a un gondolero: un viaje sin retorno hacia el museo de arte contemporáneo, plantas 5 y 6. Ese ascenso doloroso, estadios sobre una mecánica escala, metáfora de una vida. Tramos de dejarse llevar, como siempre. Un intestino trasparente desde el que ves la vida alejarse mientras asciendes. Títeres y titiriteros, plazas de Baudelaire, fiestas y viudas, el mundo y la carne. Barandillas sobre la muerte.
El sol se pone sobre los tejados, moldes invertidos de bizcocho, negras tejas de pizarra y tiza:
No volveré a malgastar la vida
No volveré a malgastar la vida
No volveré a malgastar la vida
No volveré a malgastar mi vida.
El mundo es más hermoso desde lo alto. La voz que siempre habla dice todo esto te daré si te postras ante mí y me adoras. Un paisaje de espaldas a la vida, a mi propia vida. Sobre el cielo, bajo el horizonte, a izquierda y a derecha, Notre Dame y el Sacré Coeur. La torre Eiffel al fondo, mi otro yo, el que todo lo ve, el que se supone que todo lo sabe y realmente no sabe nada.
La gente que me rodea no existe, no escucho sus voces, no las oigo. Sólo el sol que ya no está y padre y madre a derecha e izquierda. Vistas de Mont Matre en mi mente, rojas sombrillas en la Place du Tertre bajo las cuales deben quedar los últimos lienzos. Y las cuatro estaciones, las horas de la vida en la fachada de Notre Dame como las Catedrales de Rouen que escupía Monet.
Es el mundo al que pertenecí hasta que vine aquí: todo lo ocurrido, lo acontecido, lo banal. Todo esto te daré si te postras ante mí y me adoras… Podría lazarme sobre las rocas, pero no creo que un ejército de ángeles venga en mi auxilio. Es el hombre frente al hombre, frente a un mundo sin dioses. Con mi espalda frente a la tarde siento el verdadero paisaje frente a mí.
El siglo XX descansa dentro de este infierno de cristal y acero. El desprecio absoluto por la ley, la destrucción de todo canon de belleza, un inmenso puzzle de siglos desparramado por el suelo. Odio o amor, luz o sombra, arte o destrucción. Pero ay, somos hijos del XX y amamos los pechos que nos amamantaron, aunque seamos Rómulo o Remo. Delaunay, Picasso, Rothko, entraron en el templo y a gritos expulsaron a los mercaderes de impresiones.
Hay más belleza en una sola tesela que en todas las bóvedas de Caracalla, más amor en un verso de Neruda que en todos los ripios de Bécquer. Uno entra en este bosque de acero y el David de Donatello parece un muñeco de plastilina, el Nacimiento de Venus un aborto.
Desprecio el porvenir porque ya no queda nada que romper, tan sólo el recoger cada pieza e intentar reconstruir de nuevo este Big Bang, ¡qué solemne aburrimiento! Por eso sale uno por la misma puerta que ha entrado. La ciudad está a oscuras, las escaleras mecánicas descienden.
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Yo nunca me fui del Pompidou. Ante él me postré y lo adoré. Hay otro yo que huyó al abrazo de París, a la vida sin vida. Yo me quedé aquí, en este infierno pestilente de autodestrucción. Notre Dame y el Sacre Coeur abrazaron al hijo perdido en el templo, pero yo descansé entre las cosas de mi padre. La Tour Eiffel amó al desertor. Junto a ése vivió el XXI mientras mis huesos aun arden al fuego de este desierto, sin maná, sin Jahvé.